El retrato más antiguo de San Francisco de Asís.

ROSTRO DE SAN FRANCISCOSan Francisco de Asís es con seguridad, después de nuestro Señor Jesús y la Virgen María, la persona que posee la iconografía más basta en la historia del arte sacro. Pero ¿Cómo era San Francisco físicamente? Esto sin duda ha alimentado la imaginación de millones, es por eso que tenemos por igual innumerables representaciones del santo en pinturas, esculturas e incluso en el cine.

Todos tenemos una imagen de San Francisco en nuestra cabeza y con el fin de conocer un poco más la figura histórica de San Francisco, se cree que el retrato más antiguo sobre Nuestro Padre San Francisco es una pintura hecha al óleo que se encuentra en el Monasterio Benedictino del Monte Subiaco.

Como antecedente de la relación de San Francisco con los benedictinos tenemos la narración del biógrafo Tomás de Celano. La Orden de San Benito era la orden monacal más floreciente y con presencia en toda Italia. A los inicios de su conversión, Francisco fue recibido en un monasterio benedictino para obtener el sustento donde el abad le asignó el oficio de ayudante de cocina, pero era tanto el trabajo y pocos los frutos, decidió marcharse y vivir de otra forma. Años más tarde San Francisco ya con fama de santidad, el mismo abad del monasterio lo busco y se disculpó por el trato poco caritativo que él y sus monjes le habían dado durante su estancia en su monasterio.

Específicamente, los monjes que custodian el Monasterio del Monte Subiaco han explicado a lo largo de los años que la pintura fue hecha en vida de San Francisco en una visita que realizó al monasterio por descanso o por retiro espiritual. La afirmación sobre la pintura es basada por los siguientes criterios:

• La imagen hace alusión a la persona como: “Fray Francisco” y no como “San Francisco”; además de que el personaje no aparece con aureola a la usanza iconográfica de la época en las imágenes de los santos canonizados.
• En la pintura, Francisco no tiene las llagas en sus manos, por lo que se deduce que fue pintada antes de 1224 (y Francisco murió en 1226).
• El autor del retrato pintó a Francisco con un ojo más grande que el otro. Se ha hecho la interpretación de que esto es debido a que Francisco tenía muy mala salud en los ojos y no podía ver bien. También puede ser indicativo de una cicatriz hecha después de haber sufrido una cauterización por parte de un médico para remover sus cataratas y su ojo derecho quedó marcado tras la cicatrización.
• Si comparamos esta pintura con la que hizo Giotto, se puede dar más fe al retrato benedictino, ya que Giotto lo hizo basándose en la descripción que da Tomás de Celano de San Francisco: “… era pequeño de talla, tenía el rostro alargado, la frente sin arrugas y algún tanto elevada, horizontales las cejas y la tez morena. Sus ojos, medianos y negros, irradiaban una sencilla y franca mirada; su nariz era regular, recta y fina; la barba, rala y negra, como sus cabellos; poco carnosos y pequeños los labios, y la voz vehemente, dulce, clara y sonora; el cuello, delgado; los hombros rectos, y cortos los brazos; las manos, finas, con los dedos largos y las uñas salientes; las piernas, delgadas, los pies pequeños y blanda la piel” (1 Cel 83). La pintura del Monasterio Benedictino del Monte Subiaco, en cambio, fue pintada por un artista que probablemente lo conoció en persona y con los rasgos frescos en la mente.

Es fascinante conocer sobre los aspectos históricos de San Francisco, y aunado a esto, y posiblemente más importante, también profundizar sobre su legado espiritual y teológico para observar el Evangelio, viviendo la fraternidad, la minoridad y la paz.

Paz y Bien


 

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LA IDENTIDAD NARRATIVA DE JESÚS SEGÚN EL PENSAMIENTO DE A. GESCHÉ.

Fray Guillermo Lancaster Jones, Ofm.[1]

  1. La pregunta sobre la identidad de Jesús

La pregunta sobre la identidad de Jesús está profundamente anclada a nuestra fe, es parte del evento fundador que proclama: “Jesús es el Señor”. El trabajo específico de la cristología será entonces el de encontrar la verdad sobre la identidad de Jesús.

Partiendo de la perspectiva de la revelación, como Pedro y los demás discípulos en Cesarea de Filipo, debemos preguntarnos: “Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ante una pregunta teórica e impersonal, encontramos una respuesta teórica e impersonal: “unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas”[2]. El texto nos cuenta lo que dicen unos u otros, personajes anónimos, con respuestas que no involucran en absoluto a la persona. Pero el mismo Señor pregunta: ¿vosotros quién decís que soy yo?”[3]. Aquí ya no caben las respuestas teóricas y despersonalizadas, el Señor se dirige a cada uno para que se pronuncien.

En ninguno de los evangelios encontramos que Jesús proclame su propia identidad; al contrario, en el evangelio de Juan leemos: “si yo diera testimonio de mí mismo, mi testimonio no sería válido. Otro es el que da testimonio de mí”[4]. En el relato de Emaús, Lucas nos muestra que allí donde los hechos desencarnados sólo producen tristeza y desconcierto, el relato es como una luz que ayuda a comprender. La misma Escritura nos dice que una vez que los discípulos de Emaús escucharon el relato de Jesús “Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron”[5].

Ya los exégetas nos han ayudado a comprender que Jesús no iba acompañado de un equipo de discípulos que tomara el dictado de sus palabras. Los evangelios no pretenden ser una crónica de los dichos y hechos de Jesús; antes bien, son una respuesta teológica, aunque sobre una base histórica, a la pregunta del Sumo Sacerdote: “Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”[6]. Todo el ministerio de Jesús se nos presenta enmarcado por la misma cuestión: “¿Eres tú el que tenía que venir?”[7]. Curiosamente, la respuesta no nos llega de algún miembro del grupo de los Apóstoles, sino de aquellos que son considerados impuros: los samaritanos que proclaman que Jesús es “el salvador del mundo”[8], un centurión romano que exclama: “verdaderamente éste era el Hijo de Dios”[9]; un demonio que afirma: “Sé quién eres tú: el santo de Dios”[10]. Sigue leyendo

La herencia intelectual franciscana.

HERENCIA INTELECTUAL FRANCISCANALos discípulos de Francisco de Asís, en la actualidad, no experimentamos ningún complejo al referirnos a la tradición espiritual y teológica heredada por el santo aunque ya tenga más de ocho siglos. Porque la experiencia espiritual de Francisco trasciende sus expresiones teológicas y las representaciones del mundo antiguo.

En primer lugar, porque esta alineada al magisterio y se apoya directamente en las Sagradas Escrituras y también toma en cuenta elementos físicos, reconociendo la autonomía de un conocimiento racional y positivo de la realidad material y en este sentido, es equiparable a la práctica que efectúa el hombre moderno y los científicos de hoy día. La herencia intelectual franciscana no considera, ni por asomo contradictorio, que todo lo creado pueda verse más allá de lo físico a través de la fe y considerando la acción sobrenatural de un Creador.

La ciencia positiva es la que explica los fenómenos y las cosas de la naturaleza: formula hipótesis, experimenta, propone teorías en base al método científico, método que por cierto tiene al franciscano Fr. Roger Bacon (1214-1294) como uno de sus precursores. La ciencia positiva busca explicar, pero no agota la verdad última de los seres; se retrae para hablar de significación y sentido quizás porque, en algunos casos, esto último se ve como algo secundario, cuando esto es fundamental. Esto la planteó San Francisco: «Sepan que a los ojos de Dios hay algunas cosas extremadamente altas y sublimes, que a veces son estimadas entre los hombres como viles y despreciables; y otras, que ante Dios son tenidas como vilísimas y despreciables, son apreciadas y extraordinarias entre los hombres.» (CtaCus 2, 2-3)

Si los hombres de hoy están en búsqueda del conocimiento no debería de desdeñar lo que está más allá de lo tangible. El conocimiento integral debe considerar también el sentido de las cosas para que éste no sea solo un cúmulo de datos inertes, sino que sean fermento para el desarrollo de las sociedades. Es así que el conocimiento puede impulsar los aspectos humanos, a la responsabilidad social y la ecológica; en todo lo que abona a la armonía; a una cultura del encuentro acogedor con los demás, de esperanza sobre la evolución del mundo y el desenlace de su historia.

Sin duda muchos pueden meditar sobre el modo con que Francisco y sus discípulos han construido a lo largo de los siglos una herencia intelectual y espiritual, conservado la alegría de contemplar este mundo más allá de su realidad material y de descubrir en él, la sabiduría y la bondad misericordiosa del Creador.

Paz y Bien


 

JESUCRISTO REVELADOR DEL PADRE: FUNDAMENTO DE LA VIDA DEL CRISTIANO.

Fray José Manuel Correa Díaz, Ofm.[1]

Necesitamos adentrarnos en el misterio de Jesucristo el Hijo de Dios, para poder entender y comprender la obra salvífica que Dios ha querido darnos por medio de su Hijo divino. Este misterio del Dios hecho hombre por amor nuestro, no es algo accidental para nuestra vida, sino que por el contrario, es el fundamento de nuestra existencia y de nuestra salvación; por eso es muy importante abordarlo desde nuestra fe, la cual implica necesariamente nuestra vida cotidiana.

  1. LA PERSONA DE JESÚS, FUENTE DE LA VIDA ESPIRITUAL

La vida cristiana, en primer lugar no está regulada por leyes, ni por instituciones, sino más bien, por la relación de fe y de amor con la persona de Jesucristo, el Verbo de Dios encarnado, el cual nos habla por medio de los Evangelios, que son la Buena Nueva de la salvación, llevada a cabo a favor de toda la humanidad por medio de Jesús el Hijo de Dios, cómo lo introduce san Marcos: “Dios Comienza el Evangelio del Hijo de Dios” (Mc 1,1). Los Evangelios nos sitúan frente a la cuestión decisiva que presenta Jesús a sus discípulos: “Y ustedes, ¿quién dicen que Soy Yo?”. Y en Pedro aparece la respuesta: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (cf. Mt 16,15-16). Y Juan afirma: “Los Evangelios han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios” (Jn 20,31). Y san Pablo se presenta ante los cristianos de Roma, como llamado a anunciar el Evangelio de Dios:

“Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios, que había ya prometido por medio de sus profetas en las Escrituras Sagradas, acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro” (Rm 1,1-4).

La vida cristiana se fundamenta en la persona de Jesús de Nazaret. Y se construye sobre la base inconmovible que nos presentan los Evangelios; la fe en Jesucristo, el hijo de María, quien sufrió y murió por nosotros, como Hijo de Dios, y como Hijo del hombre, y que al mismo tiempo es el Señor de la gloria. Tiene por tanto las dos naturaezas; la divina y la humana. Nuestra unión con Cristo a través de la fe y del amor que recibimos por el sacramento del bautismo, nos dará la adopción filial y llegaremos a ser los discípulos del hombre nuevo Jesucristo, el nuevo Adán, el hombre perfecto.

La persona de Cristo es asumida por el centro de nuestra vida y nuestras relaciones con Dios. Jesús de Nazaret como Dios y hombre verdadero, el único mediador entre Dios y los hombres. Y precisamente por ser el Hijo, tenemos acceso al Padre, pues sólo Él nos lo revela y nos obtiene su perdón[2]. Sigue leyendo

EL dedo del acusador y los brazos de Jesús.

LA CrUZ ES UN ABRAZOHay una voz dentro de nosotros, una gran mentira que siempre nos hace sentir un dedo acusador apuntándonos. Es una voz que cuenta nuestra historia de tal forma que nos hace sentir mal; una voz punzante que narra nuestra vida siempre convirtiéndola en una gran acusación.

Un dedo que culpa. Es entonces, en que toda nuestra vida se convierte en afán para encontrar culpables: Es culpa mía, de mi padre o de mi madre, de las circunstancias, de mi cuerpo, de lo que me sucedió, de esa situación.

Vivir una vida bajo acusación significa vivir una vida tratando de encontrar culpables… Y esto no es vida, es un infierno. Esa es la voz del “acusador” porque es así como el Apocalípsis (cf. 12, 10) llama al demonio, a ese que nos apunta con el dedo y nos busca acusar “día y noche delante de nuestro Dios.”

Pero ese acusador será expulsado; y se cumplirá la voluntad Dios quien nos dice en la voz de Jesús que “no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.” (Jn 3, 17)

Dejarnos transformar por el Evangelio significa aprender a desobedecer la voz del acusador. Significa dejar creer esa mentira que se nos ha metido en el corazón de querer encontrar culpables y en su lugar buscar el verdadero sentido de las cosas, y es en Jesús en quien encontramos este sentido. Jesús no acusa, no condena, ni nos señala con el dedo sino que nos extiende los brazos y nos abraza, desde la cruz, para nunca cerrar este abrazo.

La cruz es un abrazo que nunca quiere dejar de serlo. El cristianismo no es el culto de la cruz, sino de este abrazo. Y si nos reconocemos en la señal de la cruz es solo porque nos recuerda este Amor irreversible con el que Dios nos ha amado.

Jesús no subió a la Cruz para hacernos sentir culpables, sino para recordarnos cuánto somos amados… y que nos espera para perdonar, para sanar, para liberar de cualquier depresión, ansiedad y culpa sin esperanza.

“Has la prueba y verás que bueno es el Señor” (Sal 33)

Paz y Bien


 

RECUPERAR LO QUE NO BRILLA, LO HUMILDE Y SENCILLO.

 

Fray Benjamín Monroy Ballesteros, Ofm.

El poeta español del siglo XVI, Fray Luis de León, inicia su poema Vida Retirada con esta estrofa:

“Que descansada vida

la del que huye del mundanal ruido,

y sigue la escondida senda,

por donde han ido

los pocos sabios que en el mundo han sido”.

Nuestra sociedad no sospecha de la riqueza contenida en esta “escondida senda”. Vivimos en lo que Mario Vargas Llosa ha calificado como “la civilización del espectáculo”[1]. La avidez de aparecer y de brillar, el culto al poder y a la imagen lo invaden todo: el periodismo, la cultura, los deportes, la política, incluso la religión. Los medios de comunicación social nos han hecho creer que lo que no aparece en la televisión, la radio, los medios impresos, etc; no existe, no es real.

Paradójicamente, en este mundo sofisticado, en donde el afán de lucir se ha vuelto tan relevante, se ha estado redescubriendo el valor de lo escondido, lo sencillo, lo humilde. Envueltos por el ruido y el estrés, esclavizados por la ambición de tener y poder, asfixiados por una sociedad que da culto al dinero y la ambición, que busca, por encima de todo, la fama y el éxito, son ya muchos y muchas los que están ávidos de serenidad y armonía. Se empieza a añorar la paz, la soledad querida y perseguida, la austeridad, el gozo de una vida sencilla, el contacto directo con la naturaleza, la meditación y el silencio para aproximarse a las raíces más hondas y escondidas de nuestro ser en donde reposa nuestra verdadera identidad.

1. EL RETORNO A LA SENCILLEZ.

No es fácil apreciar lo sencillo. Santa Teresa de Lisieux cuenta en su Autobiografía que Jesús mismo le reveló el secreto de la verdadera sabiduría: “Comprendí en qué consistía la verdadera gloria. Aquel cuyo Reino no es de este mundo me reveló que la verdadera sabiduría consiste en querer ser ignorada y tenida en nada”[2]. En último término, se necesita la revelación de Jesús para comprender el valor de lo escondido. Ahora bien, esta revelación no se da, generalmente, de manera espectacular o dramática, ni tiene que acontecer en un templo, ni el contendido debe ser exclusivamente religioso. Sucede, generalmente, en la cotidianidad.

Desde hace varias décadas, existe el minimalismo. Originalmente era una tendencia de la arquitectura caracterizada por la extrema simplicidad de sus formas. Cuando alcanzó su madurez influyó en el diseño, la pintura, la moda, la música, la teología. Se trata de centrar la atención en las formas puras y simples, decir lo máximo con lo mínimo, simplificar todo. Se usa para referirse a cualquier cosa que se haya desnudado a lo más esencial, despojado de elementos sobrantes o que proporcione sólo un esbozo de su estructura. Se aplica también a grupos o individuos que reducen sus pertenencias y necesidades al mínimo. Sigue leyendo

Seguir a Cristo… ¿Qué podemos apender de San Francisco de Asís?

SAN FCO SEGUIMIENTOSeguir a Cristo siempre es una aventura. No es un tour turístico donde contamos con algún tipo de itinerario y podemos programar los acontecimientos que se puedan vivir. Seguir a Cristo es esperar lo inesperado y aunque existen infinidad de destellos de claridad y de felicidad genuina siempre es un camino cuesta arriba contra todo eso que entendemos como “el mundo”. El mismo Jesús advirtió que seguirlo era “llevar una cruz” (Mt 16, 24; Lc 9, 23) y que por su causa habría muchos problemas y desencuentros (Mt 5, 10-11; Jn 15, 21).

Cada uno de nosotros buscamos responder al llamado que nos hace Cristo, así como somos, poniendo todo nuestro empeño para ser santos y, en el camino, descubrir cosas nuevas, gente buena y herramientas para mantenernos alerta. Todos los hombres y mujeres que nos han precedido y que reconocemos, como Iglesia, como modelos de santidad nos pueden ayudar mucho a no perder el enfoque en el seguimiento del buen Jesús. Es así como San Francisco de Asís puede ayudarnos a discernir la gran propuesta que nos presenta Dios revelado en plenitud en Jesús. Y podemos aprender mucho de su vida tratar de asumir algunas de sus enseñanzas que nos transmite su testimonio.

La vida de Francisco es un aventura de una fe viviente, dinámica, llena de claroscuros (¡Seamos sensatos cuando algunos ‘biógrafos’ modernos nos lo presentan como un gurú superhumano!) porque primordialmente Francisco era alguien que se tomaba muy en serio su fe.

Francisco, en un momento de su vida, se dio cuenta que la fe no puede ser algo que se asimila y que se asume simplemente como algo heredado… una fe inofensiva… un Cristo domesticado por la sociedad y la cultura. Nada de eso. Si repasamos los primeros años de su conversión, Francisco fue joven que a sus 25 años ya tenía su vida resuelta, de buena cuna, carismático y con unos sueños muy claros de gloria y poder, pero un buen día algo le paso: le vino al corazón la inquietud de que las cosas no podían seguir así. Se dio cuenta de una sed que no pude ser saciada en sí misma, una pregunta arrojada al infinito cuya respuesta lo llevan a replantearse el sentido real de todos sus proyectos personales y profesionales. Toda esa ambición que exteriorizaba hacia afuera frente al mundo, ahora la vierte hacia adentro de sí mismo frente a Dios: “Lleno de un nuevo y singular espíritu, oraba en lo íntimo a su Padre… Sostenía en su alma tremenda lucha…” (1 Cel 6).

Dios le dio un buen golpe a Francisco, así, a imagen del apóstol Pablo en Damasco, pasó de sus ambiciones personales al proyecto de Dios. Como personas, puede que esto sea lo más difícil, el cambiar los proyectos personales inmediatos al futuro de Dios, el cambiar los deseos personales a los deseos de Dios.

Sin caer en conclusiones fáciles, esta es la esencia de toda conversión: Abandonarlo todo, incluso al ego propio en pos de un mejor proyecto, que es el que Cristo nos propone a todos que es el de seguirlo. Un proyecto que nos cambia y configura para ver las cosas de forma distinta y sobre todo, manifestada en una nueva sensibilidad para con el mundo, en una nueva actitud para con los demás, bajo la luz y gracia de Cristo Jesús.

Sea pues el testimonio del Poverello de Asís, inspiración y seguro intercesor en el seguimiento de Maestro que nunca falla.
Paz y Bien.