HUMOR Y ESPIRITUALIDAD EN SAN FRANCISCO DE ASIS, UN ACERCAMIENTO.

Fray Jorge A. Luna Villalobos, Ofm.[1]

En su sentido inicial, empleado ya en las doctrinas hipocráticas, el término “humor” se utilizaba estrictamente en el ámbito biológico. En la alta Edad Media se le añadió una significación fisiológica y se empleó en el sentido de temperamento; esto es, indicaba una disposición constante del individuo, un rasgo de su personalidad. Es sólo hasta el siglo XVIII cuando se restringe su significado para indicar la naturaleza alegre y fantástica de un individuo. Si bien el humor puede versar sobre cosas y objetos externos al sujeto, también puede ejercitarse sobre sí mismo, cuando uno se desvincula de una situación penosa descubriendo un aspecto lúdico o cómico[2]. Esta desvinculación es también lo que aquí queremos significar con el término distancia como lugar del humor.

En el presente trabajo intentamos acercarnos a algunos aspectos del humor en san Francisco de Asís. Nos limitamos a tres temas o aspectos de un acercamiento al humor, a saber: la estructura de la dimensión espiritual del hombre, la “distancia” como “lugar del humor” y finalmente la dimensión de esperanza que el humor contiene.

Intentaremos detenernos en estos temas ayudados por un acercamiento a Francisco de Asís. El método es simple: hemos escogido algunos textos biográficos concernientes al tema; sin embargo, la función de éstos es simplemente ilustrar nuestras reflexiones y no tanto constituir la fuente de la presente reflexión, incluso si hay una cierta correspondencia con ella. Sigue leyendo

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La naturaleza como revelación divina.

«¿Quién podrá expresar aquel extraordinario afectoNo cabe duda, la acción irresponsable de todos ha contribuido para que este hermoso mundo en que vivimos esté cada vez más maltratado. Nuestra casa común, este sufriendo cambios y daños en muchos casos irreparables: contaminación, cambio climático, extinción de especies… Todo esto, poco o mucho, nos impacta ya en nuestra vida diaria y lo pertinente es tomar medidas concretas para mejorar nuestro ambiente; y también detenernos para apreciar el don de la creación y que la visión espiritual es esencial, al menos desde los cristianos, porque nuestra fe no puede y debe sustraerse de esta realidad.

Desde los tiempos de la patrística se encuentran estudios sobre la creación, especialmente referidos al tema de la creación de la persona humana, tenemos refrencia con San Basilio de Cesarea, San Gregorio de Nisa y San Juan Crisóstomo; más tarde con teólogos como San Anselmo de Canterbury y es con San Francisco de Asís donde el tema toca niveles más de corte espiritual.

Tomás de Celano expresa sobre San Francisco de Asís: “¿Quién podrá expresar aquel extraordinario afecto que lo arrastraba en todo lo que es de Dios? ¿Quién será capaz de narrar de cuánta dulzura gozaba al contemplar en las criaturas la sabiduría del Creador, su poder y su bondad? En verdad, esta consideración le llenaba muchísimas veces de admirable e inefable gozo viendo el sol, mirando la luna y contemplando las estrellas y el firmamento. ¡Oh piedad simple! ¡ Oh simplicísima piedad !”. En el testimonio de San Francisco vislumbramos que llegó a conocer a la creación no sólo por lo que es, sino como un libro Revelado: la Revelación natural de Dios en la cual no sólo llama a una correcta relación con Dios, sino también con toda la humanidad y con toda criatura salida de las manos de Dios.

San Francisco de Asís pudo ser sensible de Dios, creativo y creador, que no dejó a la deriva a ninguna de sus criaturas. Es por medio de la creación donde podemos encontrar el pálpito y la firma de un Dios providente que salva, actúa, reconcilia y se manifiesta (cf. Rom 8, 19-23; Jn 1, 3; Col 1, 20). Asi también lo han expresado teólogos y místicos como San Agustín, Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura, San Juan de la Crúz, entre otros.

La creación es un don y como tal el papel del hombre es la de ser administrador responsable, no dueño y explotador. La creación como el escenario propicio de la santidad donde todos, empezando por el hombre, cumbre de la creación, debe ser tratado con dignidad y caridad.

El franciscanismo es una invitación a descubrir a la creación como revelación divina transformadora que no debe usarse inconscientemente, porque el abuso de sus recursos sólo causa un sufrimiento indecible para todos, y por tanto está en directa oposición a la relación que debemos tener con Dios y con nuestros hermanos.

Paz y Bien


 

LA OBEDIENCIA EN CLARA DE ASÍS.

Fray Luis Humberto Ríos Cano, Ofm.[1]

En la kénosis de Cristo se nos muestra el modelo perfecto de la obediencia. El Hijo acepta el deseo del Padre y se encarna por la acción del Espíritu Santo en el seno de María que viene a ser la discípula fiel de Dios quien con un fiat logra dar la respuesta total de obediencia a la voluntad divina.

Cuando se habla de Francisco de Asís se evoca o se deduce el calificativo “El otro Cristo” y más de algún autor al estar frente a Clara sostienen que es “la otra María” por su entrega total a vivir el Evangelio[2].

Clara de Asís es casi siempre vista como maestra de espiritualidad, como la santa, la fundadora, la figura que muestra el rostro femenino del carisma franciscano, etc. Pero para que ella lograra todo lo anterior fue necesario que partiera de una base sólida, común a todo ser humano: lo antropológico y psicológico, que apenas se deja ver en sus escasos, pero ricos escritos, en algunos relatos de su vida y, claro está, con el sabor propio de la escritura del siglo XIII.

Lo anterior se puede decir que está contenido en lo referente a los consejos evangélicos o votos religiosos que Clara deja como herencia. Sin embargo, es necesario observar que en cuanto a la pobreza y a la castidad es más denso lo escrito, y que son muchos los esfuerzos por conocer a la santa desde la perspectiva espiritual. Ella misma nos lo enseña en el privilegio pauperitas (TestCl. 42-43; Proc. III, 14,32), así como la mística esponsal y en la virginidad fecunda de sus cartas.

En cuanto a la obediencia, Clara hace unas pequeñas precisiones en su Regla y en su Testamento, aunque cabe decir que los escritos antes mencionados son de corte legislativo, inclusive las cuatro cartas a Inés de Praga y la quinta atribuida que tiene por destinataria a Ermentrudis de Brujas, son respuesta a peticiones de las remitentes, y no son otra cosa que recomendaciones prácticas para la vida de las Damas Pobres. Con esto, podemos decir que la obediencia en Clara está ya implicada en su vida y en la de sus hermanas, en sus escritos y en su espiritualidad. Creo que ella misma no hace tanto hincapié en dicha obediencia, al menos en forma explícita, porque de alguna manera la da por supuesta, pues el seguimiento de Cristo necesariamente requiere de la obediencia.

Históricamente se sabe que la obediencia desde muy antiguo es inmanente a la vida consagrada. La primera forma de vida religiosa se remonta a la edad apostólica, es el monaquismo; el monje (solo) se apartaba del mundo para dedicarse al servicio de Dios en una vida austera de oración; anacoretas y cenobitas no hacían votos determinados, sino sólo una profesión conocida como propositum, professio, pactum, conventio, votum… cuyo contenido era realizar el evangelio en su forma de vida.

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«Haz de mi un intrumento de tu paz»

ORACION SIMPLE -COMIC.pngLa “Oración simple” u “Oración por la Paz” es una de las oraciones francicanas más conocidas. Tambien es nombrada como la “Oracion de San Francisco” pero paradójicamente, aunque algunos medios lo mantengan, es junto a otras frases u oraciones un escrito que no fue escrito o dicho por San Francisco de Asís.

Los verdaderos orígenes de la oración, dan como autor al sacerdote y periodista Esther Auguste Bouquerel (1855-1923) y fue publicada en 1913 en Francia. Fue popularisada durante la Primera Guerra Mundial por el el fraile capuchino Etienne Benoit que en 1918 imprimió la oración en el reverso de una estampa con la imagen de san Francisco, dirigida a los miembros de la Orden Tercera. Al pie de la oración escribió: «Esta oración resume maravillosamentea la fisonomía externa del verdadero hijo de san Francisco». Es por esto que probablemente se le haya iniciado, accidentalmente, a San Francisco la autoría de la oración.

Aún así la “Oración simple” posee ecos de varios textos franciscanos, en especial la Admonición 28 de San Francisco (“Donde hay amor y sabiduría, allí no hay temor ni ignorancia. Donde hay paciencia y humildad, allí no hay ira ni turbación…”) y los “Dichos” del Beato Gil de Asís, tercer compañero de Francisco (Dichoso el que ama y no desea, en cambio, ser amado. Dichoso el que teme y no desea, en cambio, ser temido. Dichoso el que sirve, y no desea ser servido…).

Esta oración es por hoy una oración profundamente ecuménica, cristiana y es considerada propia del carisma franciscano porque es una síntesis del ideario vivido por el mismo San Franciso de Asís y propuesta para todos los que creemos y abrazamos la paz, en un mundo que parece que aveces se cae en pedazos.

Paz y Bien.


 

SOBRE LA UNICIDAD DE LA PERSONA DE JESUCRISTO: Un ensayo de gramática teológica.

Fray Gianluigi Pasquale, Ofm Cap.[1]

“Con la Encarnación, todas las acciones salvíficas del Verbo de Dios se realizan siempre en unidad con la naturaleza humana que él ha asumido para la salvación de todos los hombres. El único sujeto que opera  en las dos naturalezas, humana y divina, es la persona del Verbo” (Dominus Jesus, 32). El debate teológico en torno a la cuestión  sobre la “unidad” en la persona de Jesucristo, no es fechado, pero ciertamente es reciente. Ninguno, evidentemente, osa cuestionar la claridad del dogma de Calcedonia (451, el cual hace sólo algunos años hemos celebrado de manera significativa), ni el elenco conceptual con el cual viene hoy vinculado al pensamiento teológico. Esto es, no obstante, se pueden aún leer aquí y allá algunas interpretaciones  aporéticas que no ofrecen un adecuado servicio a la necesaria claridad requerida de la fe que piensa, sobre todo cuando el creyente quiere y debe dar razón de la propia fe (1Pe 3,15), sobre todo en las Academias de filosofía como también en aquellas de teología.

Un debate recientemente abierto, concentra voluntariamente las propias tesis en torno al concepto preestructural de “naturaleza humana” asumida por el Verbo de Dios. Tal debate permanece vivo, obviamente en los ambientes en los cuales se enseña teología, pero sobre todo, en las Facultades de Filosofía, incluso en las que son consideradas más “agnósticas”. Los teólogos se concentran sobre todo en el concepto polivalente de “naturaleza humana” (fu/sij), que se definiría a través de el reconocimiento del “por nosotros” cristológico, o sea de aquella naturaleza humana actualizada ontológicamente por la solidaridad de Dios, que todo “ha encerrado en la obediencia para usar con todos la misericordia” (cf. Rm 11,32). Siguiendo esta interpretación de la naturaleza asumida por Cristo sería importante –aquí la forma verbal condicional es una obligación– esto es, “que falta”, o bien la personalidad de Jesús, y sería propiamente en la Encarnación del Hijo de Dios que estallarían las pluriformes modalidades de la lógica del don, a través de la asunción de la relación y de las temporalidades humanas. Entre los filósofos se discute sobre las posibilidades ofrecidas por el nuevo horizonte lingüístico para un eventual redefinición del término significado con fu/sij. Se optaría, en efecto, por una ampliación de la ventaja semántica del lema fu/sij, hacia una (re)definición de “naturaleza” que no sea sólo aquella biológica (exactamente: fu/sij), pero que pueda ser también aquella del hombre desaparecido de Neandertal, de la futura inteligencia artificial, del actual ser humano cuando duerme. Sigue leyendo

EL SENTIDO ANTROPOLÓGICO DE LA PENITENCIA.

EL SENTIDO ANTROPOLÓGICO DE LA PENITENCIA[1]

 Fray Fernado Lebrack Coria Lozano, Ofm.[2]

La antropología sacramental intenta comprender los sacramentos desde la instancia humana que recorre las diversas situaciones fundamen-tales de la vida. También en los sacramentos se manifiesta que existe un lugar de encuentro, un punto de confluencia, una mutua correlación entre lo humano y lo divino, entre Dios y el hombre.

Al respecto Antoine Vergote afirma: “Las dimensiones humanas son constitutivas del sacramento, ya que se trata de una acción humana a la que, según la fe cristiana, se une la acción divina, aunque el vínculo entre la gracia y la iniciativa humana es tan estrecho que podemos definirlo como una acción divina que, suscitándola y sosteniéndola, se une a una acción humana”[3].

Expondremos primeramente cuál es el punto de confluencia en el sacramento de la reconciliación y su valor en orden a descubrir su identidad.

1. COMPLICACIONES ACTUALES SOBRE EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

Es notable la crisis sacramental que aqueja a la Iglesia. No pocas personas, especialmente en Europa, piensan que la penitencia es un sacra-mento pasado de moda, ya que plantea algunos problemas: psicológicos (culpabilidad), teológicos (mediación eclesial y necesidad de confesión), morales (conciencia de pecado), litúrgicos y pastorales.

Dionisio Borobio asegura que el problema para la renovación no lo constituye la pregunta del cómo y cuándo celebrar la penitencia, sino la pregunta de si es necesario celebrarla todavía. Cuando la penitencia deja de ser aceptada y vivida como uno de los elementos integrantes de la fe; cuando la conversión y la reconciliación dejan de estructurar la propia existencia cristiana y ya no se celebran, algo esencial está fallando, que revela la existencia de una crisis de identidad existencial[4].

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La diferencia entre Cristo y San Francisco.

CRISTO Y SAN FCO - CHESTERTONLa diferencia entre Cristo y san Francisco es la que se da entre el Creador y la criatura, y por cierto no ha existido criatura alguna con mayor conciencia de tan colosal contraste como el mismo san Francisco. Pero, admitida esta verdad, es cabalmente cierto y de brutal importancia decir que Cristo fue el dechado que Francisco se propuso imitar, que en muchos puntos las vidas humanas e históricas de ambos fueron curiosamente coincidentes y, por encima de todo, que, comparando a Francisco con nosotros, fue cuanto menos una aproximación muy sublime a su Maestro y, con todo y ser intermediario y reflejo, un espléndido y aún así misericordioso espejo de Cristo. Verdad esta que sugiere otra que estimo ha sido escasamente advertida pero que resulta un poderoso argumento para demostrar cómo la autoridad de Cristo se continúa en la Iglesia Católica.

— G.K. Chesterton
(San Francisco de Asís / Biografía)